De
los primeros siglos de nuestra era cabe suponer que la población
celta-romana fue evolucionando de una manera similar a como lo
hizo en el resto de Galicia.
Más adelante llegarían los suevos y parece ser que el declive
fue bastante importante. Se habla de que un yerno de Don Pelayo,
llamado Alfonso el Católico, repobló Ribadeo quizás con
refugiados cristianos que huían del avance musulmán.
La iglesia de Ribadeo fue catedral hasta el año 918, en el que
Ordoño cambió la sede a Mondoñedo.
Repoblada
o no por Alfonso el Católico, lo cierto es que a mediados del
siglo XII la villa se asentaba en la ensenada de la Vilavella,
pues el primitivo núcleo de Cabanela y Porcillán fue
abandonado huyendo de los ataques de los hérulos y normandos en
los siglos IX y X.
Después
de una serie de tensiones, en el año 1183, Fernando II concede
al obispado de Mondoñedo los derechos sobre el territorio
dependiente de la iglesia de Santiago de Vigo, que llegaban
hasta el puerto de San Julián (Porcillán), donde comenzaba
Vilaselán.
En
los años posteriores se producirán cambios en la sede obispal
entre Mondoñedo y Ribadeo, que acabarán en el año 1270,
cuando Nuño II concederá la Colegiata, que llegará hasta el
siglo XIX.
Poco
después, por las concesiones de Fernando II y Alfonso IX se
crea el señorío abadengo. Este señorío abadengo durará
hasta el 20 de Diciembre de 1369, día en el que Enrique de
Trastámara, en pago por los servicios prestados en la lucha
contra su hermanastro Pedro el Cruel, otorga las tierras de
Ribadeo, con título de condado, al caballero francés Pierre de
Villaines.
Al
poco tiempo, éste vendería el Condado a Rui López Davalos,
que cayó en desgracia ante el nuevo rey Juan II.
Juan
II dividió el condado de Ribadeo, para reunificarlo después al
concedérselo en 1431 a Rodrigo de Villandrando. Vendrían después
más condes, hasta que con el matrimonio de Rodrigo de Silva y
una dama de la familia de Híjar, se incorporó, en cuanto a título
al condado de Híjar.
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